La sopa y el viejo

La leyenda del “Viejo del saco” se encuentra presente en casi todo el continente Latinoamericano. El “hombre de la bolsa”, “el viejo de la huasca”, “el juguetero” o “el ropavejero”, son algunos de los nombres de esta funesta figura urbana que recorre las calles en busca de niños desobedientes y malcriados. Comparable al “Cuco” o al “Diablo”, su figura y significado es la antítesis del viejo pascuero y generalmente es representado por cualquier indigente, generando en los niños el desprecio y el miedo a la pobreza ya que la figura del Viejo del saco es coercitiva. Función que le otorgan los padres o los mayores para inducir a los niños a obedecer ciertas conductas o acciones desagradables como tomarse la sopa, ir al colegio y hacer las tareas, entre otras muchas que ya no recuerdo y que seguramente aprendí a hacer “sin chistar…”

Algunos escritos lo describen
“…El viejo del saco es un viejo de ojos rojos y sombrero que recorre las calles con un saco negro, mirando y observando a los niños que se portan mal y que andan callejeando. Se dice que el viejo los cocina y se los come…
El viejo del saco vive en la periferia detrás de la línea del tren, o en el cerro, o el río; en una casucha inmunda o en una cueva y en las noches de luna llena cruza la ciudad con su saco o a veces, con un carretón buscando niños tiernos y blanditos para guizarlos en su gran caldero.
Dicen que en su saco los esconde por un tiempo, y si nadie los reclama terminarán en la olla irremediablemente, después venderá sus huesos a una fábrica de peinetas, aunque ahora dicen que los convierten en alimento para pollos…”
Pero este siniestro viejo no es un enemigo de la sociedad, generalmente llega a algún acuerdo con los padres, que lo llamarán cuando su hijo desobedezca para que éste lo asuste o aparezca en sus sueños…”

Recuerdo hace muchos años un encuentro fugaz, pero definitivo con el viejo del saco que no me dejó dudas de su existencia.
La insistencia de mi madre para que me tomara la horrible sopa de sémola con su asquerosos grumos me tenía al borde del colápso. En esos años los niños no sufríamos crisis de pánico, solo pataletas que se quitaban milagrosamente con una certera y sonora cachetada, una lavada de cara y una peinada con partidura al lado.
Volviendo a la mesa ya desalojada y al plato de sopa frío, su sabor era insoportable y mi rabia incontenible. En un descuido de mi madre convertida en ese momento en agente policial, corrí al jardín para evitar la tortura de la sémola grumosa.
En ese instante preciso pasaba la cuadrilla de aseo municipal que no usaba camiones procesadores de basura, ni colectores con uniforme y gorra. Solo eran hombres con una “poncha” sobre las cuales vaciaban la basura de cada casa y luego vertían en un remolque con barandas.
Enceguecido por las lágrimas en mi carrera percibo una figura encorvada que abría la puerta del jardín y extendía la poncha en el suelo. Yo me detuve frente a él enmudecido. Su pesada poncha vacía estaba frente a mi. Su figura oscura y su rostro tiznado desde el cual resaltaban unos brillantes ojos que me miraron pavorosamente me congelaron. Algo balbuceó, que para mi fue indecifrable. Yo logre recuperar el aliento y retroceder y correr los más rápido que pude de regreso a la casa para abrazar, sin importarme la sopa; a mi mamá que me esperaba en la puerta que daba la patio.
No hubo sopa esa vez, solo la benévola explicación de mi descubrimiento. “El viejo del saco aparece cuando no te tomas la sopa, y cuando no hagas las tareas…” Después una siesta calmó los temores y el queque de la once me quitó el mal sabor de boca de la sopa de sémola.
Fugazmente y en un par de ocasiones, después de muchos días, vi al hombre del saco desde mi ventana, a veces miraba hacia la casa. Seguramente iba a asustar a otros niños que no tomaban sopa.
Algunos años más tarde hubo otros hombres de rostro tiznado que se llevaron a unos vecinos con un saco en la cabeza, pero dicen que no fue por la sopa.

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